
Sir Nick Faldo nos ofrece la crónica de su viaje en el golf, desde sus primeros días como junior hasta convertirse en ganador de un Major, abarcando incluso su incursión en los medios de comunicación, y su ‘tercera carrera’ en el diseño de campos de golf.
Según él, la pasión por el golf siempre estuvo arraigado profundamente en su mente. Considera que la pasión verdadera no necesita ser generada; simplemente está ahí. Faldo reflexiona sobre la dedicación y la entrega, recordando que nunca tuvo que preguntar cuánto debía practicar, ya que estaba allí desde temprano hasta tarde, salvo por las condiciones climáticas más extremas. El golf era su pasión, y se siente afortunado de que nunca se haya aburrido de él. Incluso en la actualidad, sigue disfrutando del juego y se considera afortunado de que el amor por el golf siga presente en su vida. Su filosofía siempre ha sido darlo todo, pues cree firmemente que es la mejor manera de aprender y progresar en cualquier ámbito. En su opinión, tomar atajos es hacerse un flaco favor a uno mismo.

Me dijeron que debía ir a la universidad, así que me matriculé en la Universidad de Houston, pero no aguanté mucho. Pasaba mis mañanas practicando y las tardes enteras jugando. Sin embargo, cuando llegó el momento de estudiar en el aula, sentía que perdía el tiempo, que este lo podía dedicar a prácticar. Nadie se esforzaba tanto como yo. No me sentía cómodo, así que después de solo diez semanas, decidí regresar. Durante mi tiempo en Escocia, gané un torneo en Craigmillar Park, pero nadie parecía mostrar interés. Fue entonces cuando un amigo me sugirió: «¿Por qué no te haces profesional?» En aquellos tiempos, para ser profesional uno tenía que presentarse a la PGA, ser evaluado y luego aprobado. Tomé la decisión en abril, tuve la reunión en mayo y debuté en mi primer evento en el Abierto de Francia en junio, en Le Touquet.

En nuestro deporte, lo más complicado es tener una confianza total en lo que estás haciendo. Cuando surge siquiera la más mínima duda, las cosas no salen como esperas. Así de implacable, y desagradecido es este deporte.
Cuando decidí cambiar mi swing a mediados de los años 1980, no tenía ningún plan B. Estaba totalmente comprometido y el momento fue bastante audaz. Conocí a David Leadbetter en Sudáfrica, en Sun City, a finales de 1984, y hablamos de ello. Nos volvimos a encontrar unos meses después, en un momento en el que estaba realmente frustrado con mi juego, y comenzamos a trabajar juntos en mejorar. Estaba trabajando en un nuevo movimiento de swing, dejando atrás viejos hábitos. Todo parecía empeorar.

Mi juego de golf se volvió terrible, perdí prácticamente todos mis patrocinadores, pero luché por superarlo. Quizás debería agradecerle a mi madre por la determinación que me ayudó a forjar. No me rendí, seguí adelante y me enfrenté a la adversidad. Pasaba horas en el campo de práctica cada día, tratando de resolver los problemas, me perdía cortes y volvía a intentarlo una y otra vez hasta que finalmente todo encajó. Hubo momentos realmente difíciles. En 1983, tuve que quedar segundo o mejor en el Walt Disney World Golf Classic para mantener mi tarjeta del PGA TOUR, lo cual logré de manera asombrosa.
