
Las conversaciones entre los jugadores en los días previos al torneo han girado alrededor de un mismo tema: el estado del green del hoyo 11 y el temor a que el campo pueda volver a perder el equilibrio, como ya ocurrió en anteriores ediciones.
Porque en Shinnecock Hills, sede del US Open, el gran protagonista no suele ser un jugador, sino el propio campo. Mientras Scottie Scheffler busca completar el Grand Slam de su carrera, Rory McIlroy aspira a seguir haciendo historia entre los europeos, y Brooks Koepka regresa al escenario donde logró uno de los mayores éxitos de su carrera, todas las miradas siguen puestas en el recorrido.
Quizá cuando avance la semana sean los jugadores quienes acaparen los titulares. Pero, por ahora, la gran incógnita es cómo responderá Shinnecock Hills, uno de los campos más prestigiosos y exigentes del mundo, diseñado por William Flynn sobre las dunas y terrenos arenosos de los Hamptons.

Las preguntas son inevitables. ¿Será tan difícil que el ganador termine por encima del par? ¿Logrará mantener el equilibrio entre ser un desafío extremo y no cruzar la línea de lo injusto?
Esa es precisamente la esencia del US Open. Es el único torneo del año en el que aficionados y jugadores esperan que el campo plante cara a los mejores golfistas del mundo. Y pocos escenarios representan mejor esa filosofía que Shinnecock Hills. De hecho, en las dos últimas ediciones del US Open disputadas allí, solo dos jugadores consiguieron terminar bajo par.
El campo también arrastra algunos episodios polémicos. En 2018, los greens llegaron a estar tan rápidos y duros que provocaron numerosas quejas. Aquella edición dejó imágenes para el recuerdo, como el famoso golpe de Phil Mickelson a una bola en movimiento o las protestas de Zach Johnson.

Sin embargo, por cada crítica que recibe Shinnecock, también hay muchos defensores que lo consideran una auténtica obra maestra.
«Creo que es la mejor prueba de campeonato que existe en Estados Unidos», afirmó McIlroy durante la semana.
El encanto de Shinnecock no está en grandes lagos, espectaculares vistas al mar o hoyos icónicos que llamen la atención a primera vista. No tiene el paisaje de Pebble Beach ni el carácter casi mágico de Augusta National.
Su grandeza está en algo menos visible pero fundamental: su diseño.

Lo que hace especial a Shinnecock es la forma en que están conectados sus hoyos. El recorrido aprovecha perfectamente las ondulaciones naturales del terreno, fluye de manera natural de un hoyo a otro y, sobre todo, utiliza el viento como un elemento más del juego. Ese equilibrio entre estrategia, diseño y condiciones naturales es lo que convierte a Shinnecock Hills en una de las grandes joyas del golf mundial.
