
Por Jesús Ruiz Ortega

Ya se sabe que el Open de España femenino ha terminado con la victoria de la joven francesa Nastasia Nadaud, que culminó su actuación con un fantástico 66 en la ronda final. Fue una de las luces del torneo, ofreciendo a sus 21 años una actitud valiente que le permitió acabar con un total de 272 golpes (16 bajo par) que, además, le impulsó al tercer puesto del ranking LET de la temporada.
Otra de las noticias con más brillo fue la que firmó en la segunda jornada la tailandesa Trichat Cheenglab (289 del mundo), estableciendo nuevo record del campo con 63 golpes en la mejor vuelta de su vida. Su portentosa actuación la separó del resto de participantes a mitad de torneo, con 15 bajo par y siete golpes de ventaja.
Un destello de luz optimista lo protagonizó Andrea Revuelta, jugadora amateur, que acabó como primera española clasificada con tres tarjetas bajo par. Fue decimoquinta con -8, mostrando la pujanza de nuestro golf femenino joven.
Quizá la noticia con más luz es la propia celebración del torneo, por lo que supone de positivo para la promoción internacional de la Costa del Golf, una muestra más de que el golf es un motor económico con gran impacto en Andalucía y en España.

Mostrar al mundo a través del golf nuestras bondades climáticas, gastronómicas y culturales con una infraestructura y una oferta de golf imbatible, con la mayor concentración de instalaciones de la Europa continental, nos convierte en referente mundial.
La luz, sin embargo, se encendía y apagaba como si estuviese asistida por Red Eléctrica cuando mirábamos el cuadro de jugadoras. Lucía al observar que las asistentes pertenecen a la élite europea (estaban las 80 mejores, prácticamente), para parpadear luego hasta llegar a oscurecer al comprobar el ranking mundial de las mismas. Entonces se veía un torneo más bien gris y nada barato, con un 68% de sus participantes en la banda 300-600 del ranking mundial y sólo tres entre las 200 primeras.

Esto viene a ofrecer la realidad del golf europeo respecto del estadounidense, que acapara a las mejores jugadoras mundiales y deja la oferta europea en segunda fila, restando relevancia a sus torneos.
Hubo una notable oscuridad en la actuación de las españolas cara al título, y ninguna de ellas tuvo opciones de pelearlo. Al final, el decimosexto puesto de Azahara Muñoz y Carlota Ciganda, ambas con -7, resultó la mejor cosecha profesional: Azahara presentó las cuatro tarjetas bajo par, sólo una bajo 70; Carlota, defensora del título, firmó dos resultados bajo 70 y dos al par. Y Ana Peláez, que llegaba tras proclamarse campeona de España de Profesionales, comenzó mal y no pudo recuperar a pesar de tres tarjetas bajo par, acabando vigesimotercera.

La luminosa Trichat Cheenglab del segundo día se fundió en la final hasta acabar séptima: en el hoyo 3 estaba +3; en el 7, +4; en el 12 +5 y acabó con un doble bogey que le impidió entrar en el podio como tercera empatada.
Y así acabó un torneo que ahora entra en la fase de justificación y autopromoción, con unos datos estadísticos que, seguramente, la organización vestirá de gala con participantes, asistencia, audiencias y alcance en millones de hogares de medio mundo. Se cubrirá de gloria con el número de países donde se ha retransmitido el torneo, aunque no dirá el nombre de más de la mitad de ellos, que no creo hayan emitido una docena de visitantes a nuestro país. La organización nos regalará una sonrisa de éxito con datos, cuando menos, sorprendentes, como ocurrió el año pasado, y pasará por alto el detalle simpático (sin ninguna gracia) de meter a los periodistas en un camión de dos pisos en el que no cabrían los 86 periodistas acreditados el año pasado.
Eso no es apostar por el buen nombre de la costa del golf.
